Alfonso Saborido
No todas las personas tenemos la suerte de poder vivir en un palacio, rodeado de todo tipo de riquezas, lujos y detalles y con el mejor equipo médico que podamos imaginar, como le sucedió a Juan Pablo II. Sin embargo, la muerte es lo único que nos iguala a todos los seres humanos. Ricos como el Papa, pobres como los curas que dan su vida en África, ateos y creyentes, todos morimos.
No todas las personas tenemos la suerte de poder vivir en un palacio, rodeado de todo tipo de riquezas, lujos y detalles y con el mejor equipo médico que podamos imaginar, como le sucedió a Juan Pablo II. Sin embargo, la muerte es lo único que nos iguala a todos los seres humanos. Ricos como el Papa, pobres como los curas que dan su vida en África, ateos y creyentes, todos morimos.
Curiosamente, se da la paradoja de una España que la quieren llamar católica, le tiene un pánico horrendo a la muerte, ya que como cristianos y como cristianas no se ha de tener, si se cree en la resurreción.
Por desgracia, yo, como muchas personas en el mundo he vivido la muerte de cerca, y sobre todo, la enfermedad. La dura enfermedad que mató a mi madre y a mi hermana. Esta muerte última más cruel si cabe por ser por un cáncer de mama a los 50 años.
Viendo todo ese sufrimiento en plena consciencia me ha hecho determinar que yo no quiero una muerte así. Ni la quiero para la gente que amo.
Mi hermana tenía un dolor añadido, y fue el que le causó la misma Iglesia. Mi hermana, persona creyente a más y no poder, creía en ese Dios que la Iglesia le enseñó. Ese Dios al que pide y te da.
Ya con la enfermedad avanzada, su única esperanza eran los rezos y las visitas a templos. No hubo un templo en Jerez que no dejara de pisar pidiendo su sanación. El último sitio al que la llevé fue al convento de Sevilla donde está Santa Angela de la Cruz.
Mi fe, la fe que me enseñó otra parte de la Iglesia, no era esa. Menos mal. Si me llego a quedar con la fe que me intentaron inculcar en el Opus o en alguna hermandad, sería agnóstico perdido. Pero ella tenía la que tenía.
Días antes de morir, me dijo llorando:
«Nene, no me escucha nadie».Pensé que era la misma traducción de Jesús en la Cruz:
«Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado».
No se puede imaginar nadie el dolor tan grande que es no encontrar palabras de consuelo que alivien al enfermo.
Llamé a un cura para que le diera la extremaunción, viéndola consciente, pero muy mal. Eso fue por la mañana. El cura no fue. No apareció. La dejó tirada. Ya por la tarde, la extremaunción se la di yo, y murió. El único consuelo que me queda fue que lo hizo en paz. No gracias a Dios ni gracias a mis palabras. Lo hizo gracias a la morfina.
Por eso, y desde mis vivencias, me da la risa cuando alguien que no tiene ni idea de lo que dice, quieres que sientas en cabeza ajena. No. Tenemos derecho a una muerte digna. No estoy de acuerdo con una eutanasia activa. Pero si en la pasiva. Derecho a una muerte digna, a unos cuidados paliativos dignos y derecho a que no te alargen la vida artificialmente y con sufrimiento.
Es lo cristiano. Es lo humano. Es lo justo.
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